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PostHeaderIcon La pingada del mayo


En los días previos al 4 mayo un frío invernal acorralaba a una primavera esquiva que lejos de amilanarse presumía y presume de flores blancas en los espinos y de un verde intenso en los prados. Haciendo burla al calor que se supone en estas fechas, la nieve descendía con atrevimiento en las laderas del Garañón, Las Vaquerizas, Cabezarrera, La Cueva del Hoyo... Mirábamos con interés en los telediarios a esa nube que colocan los informantes del “tiempo meteorológico” justo encima del Picacho. Y, aunque anunciaban subidas en las temperaturas, persistía esa nubecita llorosa en su localización de siempre, como si no hubiera otro lugar donde ubicar el mal tiempo.

Pero burlamos los malos augurios de los días precedentes y amaneció un sábado luminoso. El sol mordía la cumbre de Cabezarrera y sus rayos, a través de las ventanas, pintaron de oro las casas. Por fin saludamos a la primavera con la gratitud de un inmejorable regalo. Cuando llegué a la plaza, salían los mozos, y menos mozos a por el pino. En las lumbres ardía la leña para hacer la caldereta, los chorizos al vino, morcillas a la brasa… Allí estaba El Bolas con su buen hacer solidario en los eventos festivos dando vueltas al cordero y organizando a los ayudantes de cocina para dar un fiel servicio de comedor.

De pronto se oye la música de la dulzaina y los tambores. ¡Que llegan los del pino! Triunfales, bulliciosos y alegres aparece la comitiva en una imagen imperecedera: este desfile triunfal por el camino de La Cueva, a paso lento, acompañando al mejor trofeo del monte, un pino recto, largo, majestuoso, solemne. Estábamos viviendo una ceremonia ritual, atávica, inmemorable, una tradición que proviene nada menos que de los celtas.

Se inicia la algarabía. Hay que ponderar todas las dificultades para pingar el pino. Se distribuyen los grupos y se airean órdenes desde los cuatro puntos cardinales: de arriba abajo y de izquierda a derecha. Levantan el pino a la vez que se elevan las voces y se tensan las sogas. Por fin, el árbol exhibe su esbelto tronco y se cimbrea tembloroso hasta conseguir la vertical. ¡Ahí, ahí! ¡Vale! Sudorosos y felices, unos descuelgan las sogas, otros golpean trozos de madera puntiagudos en su base para asegurar su verticalidad, y todos, todos, aplaudimos febrilmente. Suena la dulzaina y los tambores mientras elevamos la mirada al pino que perfora el cielo.

La temperatura es amable y los jóvenes de la pandilla de “Los Cierrabarres”, organizadores del evento de “la pingada”, deciden que se puede comer al aire libre. Ya está. No se pierde tiempo. De pronto, sin saber como, unas mesas, sillas, platos, vasos, cubiertos… convierten el paseo de La Cueva en un flamante comedor para unas setenta personas. Después del café y la tertulia se alarga la fiesta con los dulzaineros que hacen un recorrido hasta el Murcia, el Vinino, el Macho y el Hotel. El sol alarga su recorrido y la temperatura es agradable. Al fin, ahítos y cansados, despiden a los músicos. La fiesta sigue. Un año más se ha hecho posible este memorable encuentro con la tradición. Cae la noche. ¡Hasta el año que viene!

Guadalupe Fernández de la Cuesta (guadalupefdelacuesta@gmail.com)
10 de Mayo de 2013

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