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PostHeaderIcon La fiesta de la trashumancia


Cuando escribo estas palabras estamos en vísperas de una celebración que, desde hace unos años, los “Amigos de la Fuente Cuentera” hicieron realidad sus sueños de recuperar un evento sobre lo que fue para nosotros la trashumancia de los rebaños de ovejas merinas hasta tierras de Extremadura. Esta fiesta, pensaron, podría llevarse a cabo en nuestro pueblo, en Neila. Y así se hizo. Y a ese inquebrantable deseo de no olvidar nuestra historia, lo que somos y de donde venimos, seguimos cada año recordando a los que trazaron con sus vidas unos caminos bajo noches estrelladas y días de muchas ausencias:: cañadas de polvo y pasos menudos de merinas, careo de mastines, voces, silencios de pasos arrastrando el polvo, la mirada perdida en el recuerdo, la conciencia del quehacer presente y el destino bajo el cobijo de los chozos en la dehesas extremeñas. Luego, tras ocho meses de ausencia, la primavera acogía en el pueblo a los rebaños, a sus crías, a las yeguas “hateras”, a los mastines… Una espera mil veces soñada para los abrazos de las familias al marido, al padre, al pariente. Ellos ni pueden llorar porque han de ser fuertes, pero recogían, conteniendo el aliento, el desahogo de la mujer y de los hijos que nacieron tras la partida, y de los otros ya crecidos.

"Ya se van los pastores a la Extremadura, ya se queda la tierra triste y oscura"… Tristes y desamparadas quedaban las mujeres cargadas de deberes y sin ningún derecho. Mujeres solas para cuidar a la familia, trabajar las tierras, alimentar a algún animal… Solas y a la espera de recibir la carta del hombre que puede decidir qué hacer ante el inesperado problema que necesita la autorización del marido. Mujeres solas para cuidar la enfermedad de los niños o de los abuelos. Mujeres solas esperando que el embarazo surgido de los desahogos apremiados y urgentes llegue a un buen parto. Mujeres olvidadas en estos recuerdos de pastoreo trashumante.

Nuestra fiesta nos recrea imágenes de la trashumancia en el pasado siglo cuando siendo niños sabíamos del regreso de los rebaños y asistíamos, como en una fiesta, al esquileo de los diferentes hatajos. Luego los vellones eran lavados y tendidos al sol. Mas tarde, en el abrigo de las casas, serían retorcidos en las ruecas y los husos para urdir el hilo. O eran apaleados para ahuecarlos y hacer colchones bien mullidos… Los rebaños empegados y desprovistos de abrigo salían hacia los puertos de la sierra para pasar el verano. En el otoño nuevamente habrán de partir a Extremadura.

La trashumancia de los rebaños de merinas tiene ancladas sus raíces en el siglo XIII, cuando Alfonso X el Sabio crea el Honrado Concejo de la Mesta que otorgaba privilegios a los pastores de León y Castilla eximiéndoles del servicio militar y otorgándoles derecho de paso y una fiscalización especial para protegerlos de los agricultores que dañaban las cañadas, cordeles y veredas. Es en el siglo XIX, en 1836, cuando se suprime la Mesta y se crea la Asociación General de Ganaderos y Agricultores.

Tanta historia la digerimos remozada y robustecida con unas migas y caldereta. Que estos manjares también están escritos en nuestros genes. “Ya vienen los pastores, ya viene el rumbo, ya viene la alegría por todo el mundo” (Baile del Villano). Pues a disfrutar.

Guadalupe Fernández de la Cuesta (guadalupefdelacuesta@gmail.com)
5 de Junio de 2013


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