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PostHeaderIcon ¡Cuantas ausencias!


“Nuestras vidas son los ríos que van a dar al mar que es el morir…” Así se inician las coplas de Jorge Manrique. Son ríos que fueron, hace años, manantiales frecuentes en un pueblo de Neila pródigo en población. Atrás iban quedando esas corrientes sustitutas de los que llegaron a su desembocadura. Sus cauces secos se inundaban por el rumor de sus afluentes, una herencia mantenida en el trabajo del campo, o el pastoreo, o en otras actividades imaginativas: un camión para el transporte de mercancías, una granja, un molino, una panadería.

Próximos a la desembocadura, la mirada de los “tardíos en edad” se alarga a ese mar infinito donde se nos han ido nuestros seres queridos. En primera fila de ese acantilado observamos el dolor del vacío que nos dejan en el pueblo porque su sementera que regó con fértiles aguas en sus primeros años se ha dispersado por otras geografías, por otros mares. “Y al volver la vista atrás –dice Machado- se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”.

Nosotros volvemos la mirada y apenas aparecen otras sendas, otros surcos, otros manantiales de vida. En este último año sentimos el vacío de Casildina por el paseo de campo, Otras ausencias como la de Vicentín las vivimos en los rincones de las solanas, o el tío Pedro con sus lecturas, o recientemente, una ausencia en la plaza semivacía donde Benigno no ocupará el asiento de uno de sus bancos. Se cierran los postigos de las casas y se abre el interrogante del futuro.

Hoy me adelantan la noticia del nacimiento de una hija de Marcel, que tendrá sus orígenes en Neila. Una nueva vida arrancada al pueblo. Los niños que van a Quintanar al cole son los nuevos surcos que arrancan su trayectoria en Neila, el pueblo de esa orografía y ese paisaje único y espectacular. Quién sabe. Para arrancar el duelo de tanta ausencia acuno entre mis brazos a la esperanza de una juventud luchadora que, vistas las oportunidades emanadas de la crisis económica que no tiene visos de remendarse tan pronto, quizá encuentre su cauce por donde voltear sus aguas y regar los campos ahora mustios de nuestro pueblo.

La vida, decimos en la familia, es como un embarazo. Cuando llega la hora del parto hay que tener preparado el equipaje. La nueva vida surge en esa sembradura prolija y fértil donde depositamos nuestro consuelo y nuestro ánimo. Aunque sus voces hayan callado con la muerte sus corazones nos seguirán hablando.

Guadalupe Fernández de la Cuesta (guadalupefdelacuesta@gmail.com)
01 de Febrero de 2014


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