PostHeaderIcon Una “quedada”


Vivimos una primavera alocada como de principiante: indecisa, vulnerable, insegura, sin atreverse a abandonar los tintes invernizos que coronan de blanco las cumbres montañosas; confusa en su determinación de levantar el verde reciente de los prados y de vestir con colores a los árboles; versátil e inestable en su programación meteorológica. Una estación mimada por los poetas y literatos que se nos ha vuelto grosera y maleducada. ¿No es tiempo del despertar de los animales y de los cielos azules casi transparentes? ¿No es cuando el sol acaricia la piel y despierta el alma a los enamoramientos?

Esta primavera no se libra de los negros nubarrones que envuelve nuestro despertar cada día. Es un mal presagio que no se vean “brotes verdes” ni “una luz al final del túnel” ni “un claro en la espesura del bosque” ni un “amanecer soleado”. Probablemente todo obedezca a un conjuro de la naturaleza y del poder de los dineros para recortar nuestra felicidad de vivir con sosiego. Mira por donde, ahora que las palabras y los números pueden enhebrar una comunicación honesta en camino de ida y vuelta, se nos han transformado en una amenaza constante a la seguridad de vivir sin línea de flotación donde agarrarse para respirar y distanciar la mirada a otros horizontes más livianos de cargas. Son los San Viernes de los Recortes una sonora letanía de mal agüero, una procesión de la Santa Compaña cuyas ánimas vivientes rascan los bolsillos de abertura fácil y escaso contenido, o sea, los de los curritos, pensionistas, funcionarios… Los otros, -los de los depredadores, filibusteros, arribistas, defraudadores, chantajistas, especuladores y gentes de tal calaña y buen vivir- están sepultados en cuentas insolventes, sin impuestos ni recortes que les dañen el buen lustre de la cerradura.

Los pueblos están callados. El silencio alumbra una despoblación paulatina e imparable. Los perfiles de las montañas orlan de negro el horizonte del ocaso mientras los tejados cubren casas de postigos cerrados y las noches caen cerradas y mudas. Afortunadamente las gentes tenemos voz y podemos tejer con las palabras un entramado solidario de apoyo y reivindicaciones. Haría falta un foro, un lugar y unas fechas para una comunicación que nos descubra la nueva identidad: somos de una tierra que, según mis sueños, guarda entre sus pliegues unos proyectos económicos de rentabilidad sostenible.  Esa tierra, la podemos llamar “tierra de pinares”.

-Y ésta que “quedrá” –decía una madre de mi pueblo a su hija que no dejaba de berrear-. Eso preguntará alguno de cuantos abran el ordenador y encuentren este “articulito” perdido en el mundo sideral de Internet. Qué querrá ésta (Desgraciadamente lo hallarán pocos mayores).

Pues quiero que un rayo de sol anuncie que ha llegado, por fin, la primavera, y que en el cielo azul se dibuje la esperanza, sobre todo para los “parados”. Y para nuestros pueblos de la sierra. Y que unamos nuestras voces y nuestras manos. En cualquier lugar y tiempo. Eso es todo.

Guadalupe Fernández de la Cuesta
03 de Mayo de 2012


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