PostHeaderIcon ¡Agua va!


Ignoro las reales causas por las que los cielos se han descosido y han dejado caer cántaros de agua todos los días de Semana Santa y los días gloriosos de la Semana de Pascua cuando se supone que ya el sol muerde la primavera y calienta las solanas. Siguen los cielos plomizos y veo desde mi ventana a unas nubes espesas que descienden sobre Cabezarrera y Garañon como si fueran a devorar sus cumbres. La lluvia dibuja en los cristales abundantes surcos de agua y a través de ellos quedan desdibujados El Cerro, La Cuesta, Cerezales… Abro la ventana y el río del Arcillar, enfurecido y bronco, ruge en los remolinos de espumas violentas, impetuosas, con una seria amenaza de desbordar sus aguas hasta límites insospechados. Tanto hartazgo de lluvia ha llevado a una indigestión en la naturaleza y vomita chorros de agua en las fuentes ya consagradas y en cada poro de una tierra empapada.

Los rezos de la Semana Santa se han cobijado en las naves de la Iglesia con alguna pastita y vino dulce en la noche del Sábado de Pascua. -este cura párroco dando sus alegrías…-En la calle, nos hemos dado besos apresurados en los encuentros con los paisanos, como si fueran de la familia, en un saludo fugaz bajo el paraguas. Las casas cerradas en el invierno han abierto sus puertas y los niños han dejado escrito en sus muros el bullicio de los juegos y su disgusto por no poder salir a correr por el pueblo.

Todos los que han podido sortear las dificultades de los caminos se han adentrado por la sierra y, como si tratara de un rito litúrgico, una procesión de andarines han subido hasta el Chorrolón de Cuesta Arbejales para vivir con aturdimiento la espectacular cascada de agua,  toda ella furia alocada, salvaje, violenta, atronadora. Había que vivir esta transformación de las aguas sosegadas del verano que lamen la piedra, en aprendices de cataratas soberbias, indómitas, irreconocibles. Tras los remolinos de espuma en su caída las aguas se despeñan por el un cauce enteco al que rebasan sus bordes y retumban en repetidos ecos por entre todo tipo de árboles: hayas, robles, acebos, tejos, pinos… ¿No has ido al Chorrolón de Cuesta Arbejales?... ¡Hay que ver como baja! Los demás, los torpes, los mayores y los menos osados en el andar, no nos hemos perdido el espectáculo del río de la Cueva, caudaloso y bravío que irrumpe con descaro en ese ojo de roca caliza tras su viaje profundo, misterioso y mágico por las profundidades de la tierra. También hemos asistido al encuentro de los tres ríos en Las Puentes para observar el abrazo de caudales crecidos y estrechar su unión indomable bajo el puente.

Envueltos en la lluvia los mimbres apuntan la primavera. Los “rabos de gato” inician el trámite de la floración que aún está por llegar. Antes, cuando se sembraba el trigo en las tierras aplanadas de laderas casi inaccesibles, estos “rabos de gato” atados en ramos se colocaban por entre los trigos porque se suponía que evitaban el pedrisco en el sembrado. En la siega, aquellos que encontraban el ramo, celebraban con bailes y cantos el feliz resultado de la siembra. Esos mimbres protegían la esperanza de un pan incierto.

La lluvia me lleva de la mano a una frase que más o menos dice así y que no recuerdo su autor: “Las alegrías son como flores que la lluvia mancha y el viento deshoja.  No perdamos el tiempo ni en llorar el pasado ni en llorar el porvenir. Vivamos nuestras horas. Vivamos nuestros minutos”.

Guadalupe Fernández de la Cuesta (guadalupefdelacuesta@gmail.com)
5 de Abril de 2013


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